LA LARGA NOCHE DE LOS NUEVE SENDEROS // NOVENARIO EN LA CAMA
I
Cuerpo a cuerpo los amantes se consiguen mutuamente, no en la entrega, sino en el rigor preciso de las formas, y es porque ambos saben que lo importante entre las sábanas es la contención, no la inmediata entrega. Expanden sus límites, luego los comprimen. Siguen el ritmo propio de los cuerpos cuando ya ambos son una prolongada afirmación. Luego entienden que para llegar a la consecución de los fines es necesario el rigor, la disciplina y la práctica mortal. Se aventuran a transgredir sus propios límites, a no andar sobre sus mismos pasos y es cuando al mirarse a los ojos descubren que el otro también lo sabe: los amantes están listos para el nuevo paso.
II
Los amantes se conocen por su propio cuerpo y descubren que piel adentro algo se apodera de sus voluntades. Es el cuerpo el que habla, el que ha cobrado autonomía. Las explosiones en sus músculos marcan el pausado ritmo de sus movimientos. Descargas internas les anuncian sus propios límites. Entonces, uno capta en el otro el anuncio, la autorización y el ruego. Ambos fluyen como camino de doble sentido. Es el oleaje justo de los cuerpos invocando la noche presurosa.
III
En el encuentro los amantes son cómplices de un milagro compartido. Es la muda seducción de los cuerpos, el cortejo donde uno narra al otro, mediante el roce de la piel, su propia historia. Los amantes depositan a la orilla de sus labios el relámpago de sus promesas. Se dan, se resisten. Ambos crecen en su propio anuncio. Clarean sus límites y posibilidades. Y así se van, dándose sin dar, llevando siempre la entrega a punto.
IV
Llega el momento en que la pareja aprende a conocerse a través del otro. Él la mira relacionándose con su cuerpo, examina delicadamente y con pasión sus capacidades. Ella se ofrece en miradas sordas, cantando más de su historia que lo que su piel divulga. Ella es algo más que esa desnudez a ciegas. Cada caricia es entonces un nuevo verso que ambos escriben y descifran en la piel del otro. Se aprenden mutuamente como el cielo con la tierra. La pasión de los cuerpos se convierte en el misterio que lentamente se les revela. Al hacer el amor, uno entrega al otro un secreto muy íntimo y casi siempre oscuro.
V
Ya en este punto todo se vuelve un delicado desaprender. No resulta ya necesario el rigor, todo es contingencia. Los amantes se arrojan sobre las inercias de la carne. Eso se vuelve un acto de confianza tanto en el amante como en sí mismo. Ya nada es medido por el tiempo, sino por los sonidos de altas y bajas intensidades. Largos o cortos jadeos, murmullos precisos, alientos sonorizados. Luego ella parece dirigirse como si obedeciera internas órdenes o acatara misteriosas indicaciones. Es entonces que el amante se percata de que es su cuerpo el que se manifiesta.
VI
Entonces surge la metamorfosis de los cuerpos ante la dulce exigencia del amante. Es cuando uno se descubre actuando de maneras inimaginables. El uno se ha vuelto el otro y así, desean de distinta forma que antes. Se elevan, y al hacerlo se funden para transformarse nuevamente. Ambos son llamas conjugadas, cascada de cuerpos y caricias. Ella cae inagotablemente en él. Y ya sin importarles quién es quién, aprenden a andarse, a dejarse ser el uno en el otro.
VII
Premonición de placeres máximos es la sensación de juego, el placer de los placeres, sin intención ni perspectiva: el gratuito goce, placer que se disfruta en sí mismo, como el último y el supremo. Los amantes han sido bendecidos por el toque de la magia. En sus cuerpos se ha forjado un encantamiento: juegan a gozarse. Ella es el hechizo que seduce al amante preso ya de su propia magia.
VIII
Ya entonces los amantes entran al nuevo espacio creado por sus cuerpos, se transportan a un nuevo oasis que ya no es el mismo del inicio. Se encuentran suspendidos en el tiempo sin espacio, en el espacio en que no existe el tiempo: el infinito placer de viajar a un lugar que sólo existe al trenzar los propios cuerpos. Ellos son su propia geografía amante y así se descubren entre ríos y palmeras, se ocultan bajo las sombras de sus miembros, se bañan en las cascadas de sus aguas germinales. Ella, montada en él, canta la canción del alba. Ella es la canción, la cantante y el alba. Ella es él, un nuevo puerto en la antevíspera.
IX
Es aquí donde el viaje carece de retorno, el viaje a los placeres innombrables, porque nadie ha podido capturarlo en el frío lenguaje de las palabras. Aquellos que lo han intentado se han quedado en sombras mudas. La invencible distancia de las palabras claudica ante la impresión de lo absoluto. Es cuando los amantes simplemente se miran y sin abrir los labios saben que lo han dicho todo. No hay necesidad de malgastarlo en una frase. Mejor aún, retoman fuerza y aliento para intentar de nuevo ingresar a la inagotable espiral de los deseos.


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